El Ingeniero Nunca Llegó
Me sorprende la facilidad con la que los seres humanos comenzamos cosas que jamás terminamos. Lo peor es que, la mayoría de las veces, la persona a la que más defraudamos no es a los demás, sino a nosotros mismos.
Mientras realizaba una especie de rebranding personal —revisando prioridades, escarbando en viejos traumas y tratando de entender algunos de mis propios demonios a través de las historias que escribo— me encontré con algo curioso: un texto que escribí hace veinte años, algo a lo que no le di continuidad, era yo abandonando esa vieja versión de mi.
Se llamaba Borrón y Cuenta Nueva.
Lo escribí cuando tenía diecinueve años. Terminus apenas era una idea y mi socio Andrés y yo éramos dos jóvenes de cabello largo y facha rockera que intentaban convencer al mundo de que podían construir algo importante. Nadie nos tomaba en serio. Recuerdo llegar a reuniones con clientes y empresas que ya nos habían contratado y escuchar a las oficinistas la misma pregunta una y otra vez:
—¿Cuándo llega el ingeniero?




